Hic Sunt Dracones

“Audacia no es imprudencia, ni osadía irreflexiva, ni simple atrevimiento. La audacia es fortaleza, virtud cardinal, necesaria para la vida del alma”.
-Josemaría Escrivá de Balaguer.
Nubes oscuras se dibujan en el horizonte, allá en los confines del mundo a los que el alma valiente se dirige sin demora. El espíritu del héroe valeroso no aguarda la llegada de la tormenta, sino que se lanza con coraje en busca de los relámpagos. Mas no son truenos lo que resuena en el cielo, ni es la fuerza de la tempestad la que arrastra los vientos; negras alas, fuego y aire, junto a los rugidos de la bestia. Dragón lo llaman, y con su mirada parece querer decir: Non terrae plus ultra. Pero el corazón del héroe es audaz y en su mirada brilla el Fuego Secreto. Así, regio acero en mano, da un paso al frente dispuesto a conquistar su destino. 

“Había un gusano que era muy ambicioso, fuerte y malvado, llamado Smaug”.

Hic sunt dracones, aquí hay dragones, era la expresión escrita que en los antiguos mapas marcaba territorios inexplorados, desconocidos y peligrosos. La separación entre lo conocido y lo desconocido ha sido una obsesión de la geografía desde el principio de los tiempos, desde que se confeccionaron los primeros mapas[1]. De este modo, la terra incognita siempre ha causado fascinación y miedo a partes iguales; llenando la cartografía de serpientes marinas, leviatanes y dragones. Muchos son los que se han permitido soñar con reinos legendarios o deleitarse con criaturas imposibles más allá de los confines de lo conocido[2]. Pero han sido realmente pocos los que se han atrevido a aventurarse más allá de esos límites. Lo desconocido genera misterio, pero también un temor atávico tan grande que quienes lo superan no pueden ser considerados sino héroes. Adentrarse en el bosque oscuro, penetrar en la cueva inexplorada, hacerse a la mar hacia el horizonte. Y son sin duda héroes aquellos exploradores y conquistadores que se han aventurado más allá, que audazmente han osado enfrentarse al dragón.

“Pero nunca olvidamos el tesoro robado. E incluso ahora, en que he de admitir que hemos acumulado alguna riqueza y no estamos tan mal —en este momento Thorin acarició la cadena de oro que le colgaba del cuello— todavía pretendemos recuperarlo y hacer que nuestras maldiciones caigan sobre Smaug… si podemos”[3].

De este modo se inicia la gran hazaña que lleva a alguien a convertirse en un héroe; así Sigurd se dispone a dar muerte al dragón Fafnir; así la valiente compañía emprende el viaje hacia la Montaña Solitaria para hacer frente a Smaug. Tener el coraje necesario para emprender la aventura es el comienzo del camino, el rito iniciático del héroe. Sin embargo, enfrentarse al dragón no es simplemente aventurarse hacia lo desconocido, sino que se trata fundamentalmente de un acto de trascendencia y de conquista de uno mismo. Combatir al dragón es estar dispuesto a ir más allá, no sólo en términos físicos, sino espirituales. Vencer al dragón no es sólo transgredir los límites de lo posible, sino conquistar el espíritu y fortalecerse.

El dragón se erige orgulloso frente a nosotros; es la vida y es el mundo. Nos mira desafiante mientra en nuestra mente clava su amenazante pregunta: ¿Quieres guerra? Más allá de mí no hay nada salvo la oscuridad y el olvido. Su arrogancia es infinita, casi tanto como el pavor que es capaz de inspirar, pues él es la manifestación de la sombra y la llama oscura que habita en el mundo y que habita en nosotros. Y guerra hay que darle, manteniéndose firme frente a él con coraje a la vez que se le grita:

“Soy un servidor del Fuego Secreto, que es dueño de la llama de Anor. No puedes pasar. El fuego oscuro no te servirá de nada, llama de Udûn. ¡Vuelve a la Sombra! No puedes pasar”[4].

Y frente a nuestro valor no puede pasar, mas ante nuestra audacia no puede sino sucumbir. Corazón y espíritu, auténtica fortaleza impenetrable, así cae rendida la bestia.

wallup.net
Gandalf se enfrenta al Balrog, ilustración del gran John Howe.

Pero la audacia no termina con la muerte del dragón, no hay que caer en la osadía irreflexiva de creer que hemos alcanzado nuestro premio. La recompensa por derrotar a la bestia es, en apariencia, el enorme y valioso tesoro que posee, siempre suculento para la ambición de los hombres, pero difícilmente conseguido por estos. Así nos lo recuerda Tolkien en su obra El Hobbit, donde el dragón Smaug descansa sobre un gran tesoro acumulado por los enanos; un tesoro que, en reiterada apariencia, aguarda al valiente aventurero que se enfrente al dragón y lo reclame.

“Quizá, pues es costumbre entre los dragones, haya apilado todo en un gran montón muy adentro y duerma sobre el tesoro utilizándolo como cama”.

Del mismo modo, el dragón Fafnir al que se enfrenta Sigurd en la Saga de los Volsungos también posee un gran tesoro. Criaturas avariciosas son los dragones, casi tanto como los hombres que alcanzan la muerte por seguir estúpidamente su ambición materialista. Pero sería una total imprudencia tomar estos tesoros como la verdadera recompensa por derrotar al dragón. Los tesoros son la trampa dorada para aquellos que confunden la avaricia con la audacia. Son los que provocan el conflicto y los que atraen a los dragones[5].

“Sin duda eso fue lo que atrajo al dragón. Los dragones, sabéis, roban oro y joyas a hombres, elfos y enanos dondequiera que puedan encontrarlos, y guardan el botín mientras viven (lo que en la práctica es para siempre, a menos que los maten), y ni siquiera disfrutan de un anillo de hojalata”. 

Mas la verdadera recompensa para los audaces se encuentra más allá de las apariencias mundanas de la realidad y lejos del materialismo que amenaza con corromper el espíritu. Cuando Sigurd derrota al dragón Fafnir, su sangre lo vuelve invencible y su corazón le da una comprensión y sabiduría más allá de lo común, capaz incluso de entender a los animales. Cuando el dragón Smaug de la Montaña Solitaria es derrotado, los enanos recuperan su patria ancestral, Bardo consigue restaurar la grandeza esencial del Valle y Bilbo Bolsón regresa a casa totalmente transformado en un héroe que se ha conquistado a sí mismo. Su riqueza no se basa en el oro del dragón, pues eso les hubiese convertido a su vez en dragones; su verdadero tesoro radica en la trascendencia, la recuperación de la esencia perdida y el triunfo de la audacia y la voluntad sobre el mundo y sobre uno mismo.

“Se pusieron a hablar de los tiempos que habían pasado juntos, desde luego, y Bilbo preguntó cómo iban las cosas por las tierras de la Montana. Parecía que iban muy bien. Bardo había reconstruido la ciudad de Valle, y muchos hombres se le habían unido, hombres del Lago, y del Sur y el Oeste, y cultivaban el valle que era próspero otra vez, y en la desolación de Smaug había pájaros y flores en primavera, y fruta y festejos en otoño”[6].

De este modo se alcanza un nuevo mundo a través de la creación de individuos nuevos; la derrota del dragón surte el efecto de una gran alquimia, una metafísica transformadora capaz de revolucionar la realidad. El héroe que vuelve victorioso es el que ha alcanzado el conocimiento o la inmortalidad en los antiguos relatos; ha sublimado su espíritu y realizado su esencia. Ha trascendido a través de la audacia. Por esta razón hay que ser como Sigurd, hay que ser como los enanos y como Bardo. Hay que ser como San Jorge y derrotar al dragón[7].

fafnir-rackham
Sigurd dando muerte al dragón Fafnir, ilustración de Arthur Rackham.

Hic sunt dracones era una advertencia para no aventurarse más allá. Un non plus ultra; allí no te espera nada más que el fin del mundo y tu propia perdición. Pero dicha advertencia no es sino un llamamiento a la auténtica audacia, que no es irresponsabilidad ni temeridad, sino fortaleza para adueñarnos de nuestra propia vida. Es la oportunidad para que el héroe se forje a través de la posibilidad de ir más allá; de descubrir y conquistar lo desconocido y lo oculto. Es el auténtico camino del guerrero, aquel que grita: ¡Plus Ultra! Se enfrenta al dragón y trasciende. Aquel que sigue el sendero del espíritu y no del materialismo; aquel que vence sus propias pasiones, adentrándose en los confines del mundo y renaciendo como alguien nuevo. Aquel que derrota a su propio miedo, traspasa el velo y regresa convertido en alguien sabio; aquel que se atreve a ir más allá, que vive y muere haciendo que su vida haya valido la pena, dejando una huella heroica.

Que cada uno sea el capitán de su propio alma y que con su fuego incendie las cadenas de su espíritu. Porque el mundo pertenece a los valientes que se disponen a conquistarlo. La vida no es patria de débiles ni de cobardes, sino de aquellos que están dispuestos a enfrentarse al dragón hasta su último aliento para conquistar, no el dorado tesoro, sino su propio destino.

Audentes Fortuna iuvat”
-Virgilio.

[1] El concepto de tierras inexploradas y peligrosas ha tenido diferentes representaciones cartográficas. Así pues, para los antiguos romanos eran los leones las criaturas que representaban estas tierras desconocidas y potencialmente mortales. Y así aparecían referenciados en sus mapas: Hic sunt leones.
[2] Ejemplo de ello son algunas de las figuras que durante la Edad Media sirvieron para inspirar toda clase de leyendas sobre tierras lejanas, como es el caso del Preste Juan. Del mismo modo los bestiarios medievales están repletos de criaturas de fantasía, algunas de las cuales se decía habitaban en tierras lejanas y desconocidas.
[3] Al comienzo de El Hobbit se produce el encuentro entre los enanos, Bilbo Bolsón y el mago Gandalf, donde se presenta el plan de recuperar la patria ancestral de los enanos de manos del dragón Smaug que la ha usurpado.
[4] Gandalf, personaje inmortal de El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien, menciona estas palabras cuando se enfrenta al Balrog en las Minas de Moria. El mago gris es un representante de la Luz frente a la Oscuridad en el universo de Tolkien y su Fuego Secreto es la llama ancestral y divina del Creador. El impulso, la chispa, el aliento. Gandalf es un personaje complejo y profundo con multitud de referencias a la Tradición. Así pues, ser el guardián de la llama también le convierte en el guardián de la tradición y por tanto de la Llama Imperecedera transmitida desde los dioses hasta los héroes.
[5] En El Hobbit se menciona que fue el oro de los enanos lo que atrajo al dragón, criatura malvada y avariciosa. Del mismo modo, en el relato de los Volsungos (también en la versión poética El Cantar de los Nibelungos) Fafnir se convirtió en un dragón debido a su avidez por las riquezas materiales. La avaricia materialista e irracional parece ser una de las señas de identidad de los dragones.
[6] Finalmente fue Bardo quien derrotó a Smaug, reconstruyendo así la gloria perdida de la Ciudad del Lago y el Valle. Convirtiéndose posteriormente en rey. La derrota del dragón y el posterior ascenso a rey puede ser interpretado como dos estadios del viaje del héroe presente en todas las mitologías.
[7] La lucha contra el dragón es un tema importante dentro de la mitología universal. Las diferentes culturas están repletas de mitos que hacen referencia a estos hechos. Y quizás el más famoso de ellos sea precisamente el de San Jorge, convertido en patrón de muchos pueblos y uno de los héroes más representados en la historia de Occidente.

Bibliografía

  • DIAZ, J. E., La Saga de los Volsungos, Madrid, Gredos, 1998.
  • TOLKIEN, J.R.R., The Hobbit, Harper Collins, 2011.
  • TOLKIEN, J.R.R., The Lord of The Rings, Harper Collins, 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: