Las Mujeres Druidas

“En la vida no hay nada que temer, sólo hay que comprender”.
-Marie Curie.
Cuando hablamos de espiritualidad celta, generalmente nos viene a la mente la estereotipada imagen del druida de larga y blanca barba recogiendo el muérdago del roble sagrado. Sin embargo parece que la historia de los celtas, especialmente aquella relativa al paganismo remoto, nos remite también a las funciones espirituales y mágicas de las mujeres. La figura de la druidesa se debate entre la realidad y el mito, entre la bruja literaria y la profetisa pagana; pero tras las máscaras de la historia se esconde un rostro mucho más complejo y fascinante. El de mujeres celtas de conocimiento y poder.

Uno de los aspectos que más llama la atención de la antigua sociedad celta fue la participación que en esta tenían las mujeres. El mundo celta no fue, como puedan llegar a sugerir algunos investigadores, un auténtico matriarcado. Pero no cabe duda de que en él, al menos en comparación con el resto del mundo clásico, las mujeres poseían funciones sociales importantes. Estas diferencias entre sociedades se hacen más evidentes si se comparan con el modelo de sociedad romano, donde la mujer partía de una evidente posición de inferioridad social. O incluso con el modelo general griego, ya que recordemos que en la antigua democracia ateniense las mujeres no tenían ni siquiera derecho a voto. En ambas sociedades, la posición femenina siempre permanecía bajo una posición de autoridad masculina y en ningún caso encontramos mujeres ejerciendo de heroínas más allá de la mera ficción literaria[1].

¿Qué encontramos en el mundo celta por el contrario? Ya desde el mundo clásico se realizaron comentarios sobre el papel de las mujeres en sociedades prerromanas vinculadas al mundo céltico. Estrabón, el célebre geógrafo, nos dice en relación a los cántabros: “Entre los cántabros los hombres dan la dote a las mujeres, las hijas son las que heredan y buscan mujer para sus hermanos; esto parece ser una especie de ginecocracia, régimen que no es ciertamente civilizado”. De estas palabras (sean más o menos veraces) podemos deducir que la imagen que tenía el mundo grecorromano de aquellos pueblos era la de bárbaros, entre otras cosas por permitir que las mujeres tuviesen derechos políticos y sociales en sus sociedades. Sin embargo, más allá de la posible intención propagandística que pudieran tener estos escritos clásicos, lo cierto es que la historia recoge a importantes mujeres dentro del mundo celta. Un buen ejemplo de ello fue la reina guerrera Boudicca, que marchó contra los romanos en Britania[2]. Incluso el propio Tácito nos dice en sus Anales en relación a este hecho: “No es la primera vez que los britanos han sido conducidos a la batalla por una mujer”. También los antiguos mitos irlandeses dan buena cuenta de mujeres en posiciones de poder. De este modo encontramos a Medb de Connacht, líder de su propio ejército; Scáthach, una guerrera instructora de Cúchulainn; Aoife, la hermana de la anterior y también famosa guerrera. Y así la lista continúa con numerosos nombres femeninos. Como vemos, el mundo celta era bastante diferente del grecorromano.

En relación a estas diferencias con el mundo clásico, el profesor Jean Markle realiza el siguiente comentario en su obra La Mujer Celta:

“Cuando Roma extendió su imperio sobre todo el Mediterráneo y parte de Europa Occidental, se tuvo cuidado de eliminar todo lo que pudiese dañar su organización sociocultural. Esto es evidente en los países celtas: los romanos persiguieron a los druidas hasta que desaparecieron de la Galia y, posteriormente, de Britania. Los druidas representaban una amenaza absoluta para el estado romano, porque su ciencia y filosofía contradecían peligrosamente la ortodoxia romana… […] Los romanos consideraban a las mujeres portadoras de niños y objetos de placer, mientras que los druidas incluían a las mujeres en su vida política y religiosa“.

Es posible que esta inclusión en la vida política y religiosa se tradujese en la participación de las mujeres dentro del druidismo. Según Dión Casio, Boudicca era también sacerdotisa de Andraste[3], del mismo modo que en los textos clásicos encontramos otras muchas referencias a mujeres ejerciendo el papel de sacerdotisas. Sin embargo, tal como explicamos en el anterior artículo sobre los druidas, el druidismo va más allá de un simple sacerdocio e implica toda una serie de múltiples funciones sociales, religiosas y mágicas. Los personajes femeninos son recurrentes en la mitología celta en forma de diosas, como también lo son en calidad de líderes políticos y militares pero, ¿Hay alguna prueba de la existencia de las actividades mágicas y espirituales atribuidas a los druidas en las mujeres celtas? Según los textos romanos sí.

Si bien es sabido que Julio César no realizó ningún comentario sobre la existencia de druidesas, sí es cierto que encontramos otras referencias romanas a estas mujeres druidas. Hay relatos que nos hablan de que en el siglo III una druidesa vaticinó a Diocleciano que no sería emperador hasta que hubiese matado al jabalí (prefecto del pretorio). También Lamprido hace referencia a la habilidad de una druidesa, quien predijo la muerte del emperador Alejandro Severo. E incluso encontramos otra anécdota que nos relata como Aureliano consultaba a druidesas galas para conocer el futuro del imperio y de sus propios descendientes[4]. Sin embargo, todas estas referencias proceden de un periodo muy tardío en el que el druidismo, al menos en la Galia, ya era algo propio del pasado. No obstante, no deja de ser curioso que las funciones que se les atribuyen a estas druidesas sean aquellas propias de los vates, es decir la predicción del futuro.

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Imagen romántica de una druidesa.

Unas funciones que también aparecen referenciadas en Tácito y su obra Germania:

“Hay, en mi opinión, algo sagrado en el sexo femenino, y es el poder de prever los acontecimientos futuros. Sus consejos son, por ello, siempre escuchados y considerados oraculares. Hemos visto, durante el reinado de Vespasiano, a la famosa Veleda venerada como una divinidad por sus conciudadanos”.

Veleda, a la que Tácito describe como germana, no es sino una profetisa celta. Los estudios etimológicos así lo demuestran, como tampoco es ningún secreto que Tácito confundía reiterativamente a celtas y germanos. Dión Casio no comete ese error al afirmar que la celta Ganna, oráculo que sucedió a Veleda, acompañaba a un rey de los Semnones. La figura del profeta que acompaña al líder político-militar es de nuevo otra de las atribuciones de los druidas, así como la capacidad de arbitraje que se le atribuye a la propia Veleda. De nuevo nos encontramos ante más referencias al druidismo femenino.

A pesar de todo ello, esto no podrían ser más que invenciones literarias, o los restos de una antigua espiritualidad convertidos ahora en recursos exóticos o románticos para los propios romanos. Es por ello que para dilucidar la verdad debemos acudir, como en el caso del druidismo masculino, a las fuentes celtas originales, es decir las irlandesas.

Según las leyes irlandesas antiguas, las mujeres podían ejercer profesiones que en el resto del mundo se reservaban a los hombres. Así pues, según la Ley Brehon[5] las mujeres podían ejercer cargos de abogado o juez, cargos tradicionalmente asociados con el druidismo. Incluso hay casos reales, como el de Brigh, una célebre mujer de ley. Estas leyes, que perduraron durante la Alta Edad Media irlandesa, fueron un reflejo de la antigua sociedad celta. Por esta razón Irlanda, aún en su periodo medieval, puede ofrecernos una buena visión del marco general de la Edad del Hierro, donde las mujeres es posible que tuviesen cargos relacionados con la profecía, la medicina o la historia, atribuciones tradicionales de los druidas. Lo cierto es que los relatos irlandeses están repletos de referencias antiguas al druidismo femenino. Los textos nos hablan de las bandruaid[6], pero también de personajes individuales de los relatos como Gáine o Biróg, druidesas con enormes poderes mágicos[7]. También en la historia de Fionn Mac Cumhail encontramos mujeres druidas como Bodmall. Del mismo modo en el Táin Bó Cuailnge aparece otra druidesa llamada Fidelma. Igual que otra mujer de grandes poderes, Sín (tormenta), aparece en la historia de la Muerte del Rey Supremo Muirchertach Mac Era, quien al ser preguntada si cree en el dios cristiano responde:

“Nunca creas a los clérigos,
pues no salmodian nada salvo la sinrazón.
No sigas su pentagrama sin melodía.
No te dirijas hacia los clérigos de las iglesias
si deseas una vida sin traición.
Mejor soy yo como amiga.
No te arrepientas de que vaya contigo”.

Las palabras que profiere la mujer la elevan a la categoría de, como mínimo, practicante de las viejas tradiciones espirituales celtas. Lo que junto a las exhibiciones de magia que realiza, parecen colocarla en la posición de mujer druida. Todos estos relatos sobre poderes extraordinarios, muchas veces de carácter destructivo, parecen querer llevarnos hasta la clásica imagen de la bruja. Casi como si el supuesto druidismo femenino fuese paulatinamente reducido a la categoría de simple brujería. Y tal vez esta suposición no vaya tan desencaminada, puesto que los relatos de tiempos cristianos nos mencionan multitud de hadas o brujas actuado de una manera similar a como hacían los antiguos druidas; quizás como una reminiscencia de las antiguas prácticas mágico-espirituales[8].

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Las tres brujas de Macbeth, ¿Una reminiscencia del druidismo femenino?

“Truenos y relámpagos. Entran tres brujas”. La famosa frase que introduce a estos icónicos personajes de la obra Macbeth. Y no dejan de ser curiosas las ya iniciales referencias al mundo céltico, como por ejemplo el número tres. No hay que olvidar que toda la obra de tintes históricos se ambienta en la Escocia medieval, país de profundas raíces celtas. Y es precisamente en estas brujas que van surgiendo en los relatos donde podemos apreciar todos los rasgos que describieron los antiguos escritores: Los grandes poderes mágicos, el poder de la adivinación y las reminiscencias de los tiempos paganos. Como si, efectivamente, fuesen antiguas mujeres druidas convertidas ahora en brujas[9].

Si recordamos el proceso de evolución que sufrieron los druidas, tal y como comentamos en el anterior artículo, veremos que se produce algo similar. Los romanos impulsaron la idea de que los druidas eran más oscuros hechiceros que una auténtica élite intelectual. Y aunque los escritos irlandeses demuestran que los druidas estaban más cerca de los Brahamanes hindúes que de los malévolos nigromantes que describían los romanos, la idea clásica ha perdurado. Con la llegada del cristianismo, los druidas fueron convertidos en figuras legendarias y, en la mayoría de casos, folklóricas. Así surgió el arquetipo del mago medieval, de ese hechicero merliniano a medio camino entre el chamán y el filósofo. Y es posible que algo similar les ocurriese a las druidesas, sólo que en un proceso algo más prematuro en la historia.

Antes de la llegada del cristianismo, el mundo celta tuvo contacto con los pueblos grecorromanos. Por lo que es posible que el deterioro de la posición social de la mujer en estas sociedades fuese en parte acelerado por la influencia cultural romana. De este modo explicaríamos que al llegar el siglo III la posición espiritual de las mujeres celtas queda recudida a simples predicciones de futuro, como las echadoras de la buenaventura posteriores. Siguiendo con esta hipótesis, con la llegada del cristianismo los restos que aún quedaban se fueron trasformando bajo los auspicios del nuevo paradigma. Del mismo modo que los druidas se convirtieron en hechiceros, así las druidesas se convirtieron en brujas y sus prácticas en mera superstición. Siempre manteniendo un especial hueco despectivo para las mujeres dentro de una nueva cultura que rayaba muchas veces en la pura misoginia[10].

Sin embargo, a pesar de todo lo mencionado no dejamos de estar frente a una teoría. Pero tampoco podemos ignorar la enorme cantidad de referencias, históricas, míticas y folklóricas al druidismo femenino. A la pregunta ¿Existieron las mujeres druidas? No se puede dar una respuesta categórica, aunque todo parece indicar que así fue; ya sea con funciones completas o sólo con una circunscripción a las artes de la profecía y la magia. Una sociedad como la celta, donde las mujeres gozaban de poder y prestigio, podría haber permitido la existencia de mujeres druidas. Y de hecho algunas de las fuentes de las que disponemos así lo comentan. No obstante, ya sea en su figura de reales druidesas o de brujas poderosas, la historia nos hereda toda una serie de pruebas del carácter indómito y sabio de la mujer. Es indudable que en el druidismo existe un componente chamánico, una raíz que puede ser encontrada en otros muchos pueblos indoeuropeos; y esta se manifiesta a través de una compleja espiritualidad. Con el cambio de paradigma a los restos de esta espiritualidad se los denominó hechicería o brujería, y en gran parte se consiguió trasformarlos y deteriorarlos. Pero las raíces siempre permanecieron inalterables y es a esas raíces a las que hemos acudido para descubrir o, mejor dicho, redescubrir figuras femeninas olvidadas por la historia. Quizá nunca llegaron a denominarse a sí mismas druidesas, pero no hay duda de que la existencia de mujeres de poder y conocimiento entre los celtas queda atestiguada en la historia. Un espíritu presente en la tradición que resulta un necesario revulsivo en este mundo moderno de pasividad y sumisión.


[1] La mujer en el mundo clásico siempre aparece supeditada a la figura del padre, del marido o del tutor legal pertinente. No es la dueña de las posesiones, ni tampoco puede ejercer cargos públicos o intervenir en política. La mujer es considerada, al menos en la práctica, un mero objeto, una posesión más del paterfamilias (a pesar de que, al menos en Roma, la mujer si tenía acceso al ocio). Y cuando en los antiguos relatos, especialmente aquellos de origen griego, la mujer tiene una posición de poder, generalmente es una convención literaria o una mera crítica a lo femenino en sí.
[2] La reina Boudicca de los Icenos puede que sea la más conocida de la historia, pero desde luego no fue la única. Otros ejemplos históricos de mujeres con poder pueden ser nombrados también: Cartimandua, gobernante de la tribu de los Brigantes. Onomaris, jefa gala que condujo a los celtas hasta Iberia. Eponina, que llegó incluso a Roma para defender a su marido. O Chiomara, mujer violada que finalmente decapitó a su propio agresor.
[3] Andraste fue una diosa de la guerra y la victoria, asociada con Nike o Cibeles, y mencionada por Dión Casio como la divinidad a la que se debía Boudicca.
[4] Estos textos tienen lugar en un periodo muy tardío de la historia en el que hacía siglos que los druidas y sus artes habían desaparecido de forma oficial. Y no deja de ser curioso que todas las anécdotas hacen referencia a la capacidad adivinadora de las supuestas druidesas. Algo que podría explicarse o bien por el desconocimiento que se tenía de las prácticas druídicas, o bien por una suerte de estereotipo más cercano a esa bruja capaz de leer la buena ventura en los relatos posteriores.
[5] La Ley Brehon, configurada entre el 600 y el 900 d. C., fueron los estatutos legales que rigieron Irlanda hasta la llegada de los normandos en el siglo XII. Cierto es que estos estatutos se adentran en la Edad Media, pero su raíz, como han demostrado los estudiosos del mundo celta irlandés, procede de la antigua sociedad pagana. Son, en definitiva, un reflejo de las antiguas leyes relacionadas con el druidismo. Se recomienda leer el capitulo “Los Druidas como Jueces” del libro Druidas de Peter Berresford Ellis.
[6] Este término, bandrui, que generalmente se traduce por mujer druida, es bastante reiterativo en los escritos sobre el tema. Según el Rennes Dinnsenchus, una bandrui conocida como Brígida, se convirtió al cristianismo. Esta llegó a ser Santa Brígida, aunque la historia se su vida previa al cristianismo está plagada de elementos druídicos e incluso se la describe a ella misma como druidesa.
[7] T. D. Kendrick nos habla de una tradición según la cual en Cluain Feart existió una comunidad de mujeres druidas capaces de provocar tormentas, causar enfermedades o incluso asesinar a través de poderes sobrenaturales. Esto sin duda nos recuerda a esos relatos sobre brujería en los que las brujas se reúnen en un aquelarre para realizar todo tipo de magia perniciosa. Una prueba de que detrás de esto se oculta una misma raíz espiritual.
[8] Hay multitud de referencias a estos procesos de trasformación de la vieja religión en los fantasmas y demonios de la siguiente dentro de los relatos de trasfondo céltico. Existe, como ejemplo de esto mismo, un cuento bretón en el que una druidesa practicante de la religión es trasformada en una bruja, Dahud-Ahes. La hija de un piadoso rey, seguida de antiguas tradiciones y con poderes mágicos, siempre oponiéndose al cristianismo.
[9] El concepto de bruja que se utiliza aquí es el peyorativo que frecuentemente ha pasado a la historia. Sin embargo, la brujería real es una práctica de origen chamánico nativa de Europa. El druidismo incorpora un importante componente chamánico, como tantas otras tradiciones espirituales del mundo, y aunque los druidas no son chamanes, algunos de sus rasgos permanecen. Por eso es comprensible que las mujeres druidas, bajo el nuevo matiz cristiano, se convirtiesen en brujas. Para saber más véase este artículo sobre la Brujería.
[10] Según Mary Condren, “podemos trazar un cambio gradual de énfasis según el cual, lo que antes era considerado sagrado, se convierte en profano, y la nueva expresión de sacralidad adquiere un creciente carácter masculino”. Esto es algo que podemos apreciar en algunos relatos como en la saga de La Debilidad de los Hombres del Ulster y la maldición que Macha lanza a los varones como castigo por su trato humillante hacia ella. “Desde este momento, la ignominia que me habéis infligido redundará en vergüenza de cada uno de vosotros…”. Algo que a veces se ha interpretado como ese choque entre lo viejo y lo nuevo, y la nueva presencia dominante masculina.

 

Bibliografía

  • BERRESFORD ELLIS, P., Druidas. El espíritu del mundo celta, Madrid, Oberon, 2003.
  • GUYONVARC’H, C-J y LE ROUX, F., Los Druidas, Madrid, Abada, 2009.
  • GREEN, M., El Mundo de los Druidas, Madrid, Akal, 2010.
  • LAVIN, P., The Shaping of the Celtic World, EEUU, iUniverse, 2011.
  • HUTTON, R., The Druids, London, Continuum, 2007.
  • POWELL, T.G.E., Los celtas, Salamanca, Oberon, 2005.
  • LA FORJA Y LA ESPADA: http://gonzalorodriguez.info/

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